Recordando al Doctor Mitchell Gaynor (1956-2015)

Cuando usamos nuestras voces en sintonía con los cuencos, nos estamos sincronizando con los ritmos del universo y estamos restaurando la armonía en nuestra mente y nuestro cuerpo a un nivel celular tal que puede llegar incluso a tener un impacto en nuestro propio ADN.
(Dr. Mitchell Gaynor)

Incluido en la lista de los mejores doctores de Nueva York durante los últimos trece años de su vida, el Doctor Gaynor se licenció en la prestigiosa UT (University of Texas) Southwestern Medical School de Dallas, mudándose a continuación a la ciudad de Nueva York, donde se especializaría en la rama de Hematología / Oncología en el Cornell University Medical Center. En la Rockefeller University estudiaría la regulación genética del sistema inmune, un factor especialmente crítico en afecciones y enfermedades tales como el cáncer. Su brillante trayectoria le llevaría a ocupar el puesto de director médico de oncología en el Weill Cornell Center for Complementary and Integrative Medicine y también el de Director de Oncología Médica en el Strang Cancer Prevention Center, trabajando además como profesor de medicina en el Weill Cornell Medical College con más de veinticinco años de experiencia tratando a enfermos.  

Miembro de la Sociedad Americana de Oncología Clínica, el Colegio Americano de Médicos y la Academia de Ciencias de Nueva York, el Doctor Gaynor apareció en diversos medios tales como TheNew York Times, Good Morning America, The Dr. Oz Show o The Martha Stewart Show, habiendo publicado además un buen número de best-sellers, entre los que se encuentran títulos tales como: Nurture Nature Nurture Health: Your Health and the Environment, Dr. Gaynor’s Cancer Prevention Program, Healing Essence: A Cancer Doctor’s Practical Program for Hope and Recovery y, por supuesto, dos libros de referencia en el campo de la terapia del sonido, Sounds of Healing y The Healing Power of Sound: Recovery from Life-Threatening Illness Using Sound, Voice and Music

Como puede apreciarse, los méritos y distinciones atesorados por el Doctor Gaynor resultan demasiado extensos como para poder ser condensados en el exiguo espacio ofrecido en la presente entrada, si bien resultan suficientemente significativos y reveladores como para invalidar las críticas de aquéllos que consideran que este tipo de tratamientos alternativos son más propios de un «charlatán» que de un «verdadero» médico. Y pese a que se pueden encontrar grandes y reconocidos terapeutas de sonido cuyo trabajo podría enmarcarse dentro de un enfoque más puramente místico o chamánico, el legado del Doctor Gaynor ha demostrado que lo espiritual no tiene por qué estar reñido con lo científico y que no sólo es posible, sino también deseable, que ambas vertientes coexistan si queremos disfrutar, en el futuro, de una medicina más humana que conciba al individuo como un «todo» cuyas partes están íntimamente interrelacionadas. De este modo, en vez de tratar el síntoma, a Gaynor le interesaba más bien evaluar y determinar las causas subyacentes de la enfermedad, las cuales provocaban que el cuerpo entrara en un estado de «desarmonía». Como él mismo afirmaba, su labor sanadora se podía resumir en una idea, la de propiciar un cambio «del ego a la esencia». 

No podríamos dar por finalizado el presente homenaje a la vida y obra del Doctor Gaynor sin hacer antes referencia a las circunstancias que propiciaron su primer contacto con el sonido de los cuencos cantores del Tíbet. Sucedió allá por el año 1991, cuando tuvo la oportunidad de tratar en un hospital de Nueva York a un monje tibetano refugiado que respondía al nombre de Odsal y el cual parecía padecer algún tipo de afección cardíaca. Gaynor comprendió que las causas de dicha afección eran eminentemente «espirituales», fruto de un sentimiento de «desubicación» y nostalgia de su hogar. Gracias a la meditación el monje pudo sanar dicha afección, y como muestra de agradecimiento le obsequió al doctor con un auténtico cuenco tibetano. Gaynor relata así su primera experiencia con estos sagrados instrumentos:  

Nos quitamos los zapatos y nos sentamos con las piernas cruzadas en el suelo de la sala; Odsal sacó una pequeña baqueta de madera y empezó a deslizarla con suavidad por el extremo superior del cuenco, de una manera parecida a cuando acaricias el borde de una copa de vino con el dedo. El sonido – una nota profunda y rica en matices, con un poderoso vibrato que no se parecía a nada que hubiera podido escuchar antes – me provocó una emoción tan intensa que empezaron a brotar lágrimas de alegría de mis ojos; podía sentir cómo resonaba físicamente la vibración por todo mi cuerpo, llegando a lo más profundo de mi ser y llevándome a un estado de armonía con el universo. De inmediato, pude intuir que tocar los cuencos iba a cambiar mi vida y las vidas de muchos de mis pacientes.

Se dice que, cada vez que entraba un paciente en su consulta, lo primero que hacía el Doctor Gaynor, si lo veía en un estado receptivo, era colocarle un cuenco de cristal de cuarzo en sus manos. Después de tocar el cuenco unos minutos, toda la ansiedad que traía la persona empezaba a transformarse y menguar. El Doctor Gaynor demostró en sus tratamientos los múltiples beneficios de entonar al compás de un cuenco cantor, y siempre que era posible les recomendaba a sus pacientes que se hicieran con uno. Y es que el sonido de los cuencos cantores nos ayuda a experimentar estados de profunda relajación y gozar así, por tanto, de una salud más óptima e integral. En dichos estados nuestra respiración se torna más profunda y calmada, con la consecuente disminución de hormonas del estrés tales como la hidrocortisona. Esto, a su vez, permite al sistema inmune funcionar de manera más eficiente, disminuye la presión sanguínea y propicia la liberación de opiáceos completamente naturales como por ejemplo las endorfinas.  

Desde el espacio ofrecido por este blog nos gustaría rendir homenaje a uno de los grandes visionarios, inspiradores y adalides de un nuevo modelo de medicina que tendría como principal objetivo la sanación del paciente desde de un enfoque eminentemente holístico que contemplaría, además del cuerpo físico, las parcelas de la mente y el espíritu. Qué mejor manera de concluir este personal tributo que agradeciéndole la invaluable inspiración que nos ha brindado durante tantos años y reafirmando nuestro compromiso de seguir honrando su legado día a día. Allá donde estés, Mitch, gracias por mostrarnos el camino y esparcir tu Luz sobre él. Nunca te olvidaremos. D.E.P.

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